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Historia de Adoptantes

TESTIMONIO VILLAMICHINOS 1

El 22 de septiembre llegaron a casa, conviven con Gitano, el gato que tengo desde hace 4 años, (rescatado del motor de un coche que estaba debajo de mi casa), y mis dos perros, Toby y Blanca, que tienen 6 años.

Gitana en pocos días hizo ver su carácter dócil y mimoso, enseguida ha cogido confianza conmigo, ya que duerme junto a mi y con Gitano, al cual imita en todos sus gestos. En cambio Isis estando los mismos días en casa y en las mismas circunstancias que Gitana, le cuesta más acercarse a mi, pero aun así poco a poco está cogiendo confianza.

Al principio solo iba a ser mamá de gitana y a Isis la tenían acogida, pero me di cuenta que no podía dejarle y al final me quede con las dos pequeñas.
Esta es la Historia de Adriana y sus gatos adoptados

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Cuando recogimos a Logan, todos los vecinos que presenciaron el rescate se quedaban mirando contando cómo ese gato llevaba días llorando debajo de los coches, en la calle. Yo era el segundo día que lo veía. El primero, lo escuché llorar mientras intentaba localizar a otro gato; el segundo, al ver que seguía ahí llorando sentí que tenía que llevármelo.

Pero no había donde, así que me lo llevé a mi casa. Exactamente igual que pasó con Salem.

Sin buscarlo ni pretenderlo he acabado siendo casa de acogida, y comprendiendo que se trata de un trabajo que se basa en el respeto a los tiempos del animal, porque es él el que debe marcar el ritmo. 

Eso, y que ser casa de acogida es saber amar de verdad: curando y sabiendo soltar. No se trata de no hacer apego, porque cada gato que pasa por tu vida se queda anidando en tu corazón; se trata de reparar las alas para luego echarle a volar.

Y cada gato te deja una cosa distinta.

Salem empezó temblando de miedo. Su caso era complicado: tenía una herida recién operada y tiña. Nuestra complicidad subió una cuesta y en la cumbre se me subía encima y me lamía la cara. Era algo que no me hacía un gato desde que mi Katy cruzó el arco iris.

Ahora, con Logan, cada día me siento a su lado un rato, o varios ratos. El primer día, no salió del escondite que había escogido al llegar a casa; el segundo dejó de llorar cuando le acerqué un dedo por el agujero del transportín; el tercero me bufó; y el cuarto me dejó tocarle. No, no me dejó tocarle. Acerqué tímidamente la mano y echó su cabeza sobre ella para que le rascara. Ahora ronronea sólo con tenerme cerca, pero pasa la mayor parte del tiempo dentro del transportín. Y ahí lo acaricio, mientras se siente protegido.

En dos días hace una semana que tengo a Logan y aún estamos sellando ese pacto de confianza. Comida a comida, sentada a su lado probando pacientemente hasta dónde me deja llegar.  Creo que todo empezó cuando crucé su mirada y entrecerré los ojos: como hacen ellos. Logan, aquí estás seguro. Pero de paso.

Casa de Acogida